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Uploaded 13 lutego 2017

Recorded lutego 2017

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w pobliżu El Carmen, Boyacá (Republic of Colombia)

(Léase la anterior historia, antes que la presente)…Sentado me encontraba, en aquel mirador, a los pies del altar de aquella virgen blanca, que divisaba el pequeño pueblo de Sucre Santander incrustado al occidente, cobijado de espumosa neblina; aquella virgen que de reojo percibía mi soledad e intuía mis pensamientos, mientras dando la espalda a aquellas lejanas montañas que desde hace eternidades, se han dedicado a saludar al astro rey cuando asoma entre ellas, en un baile de colores y sonidos de todo ser alado, llamado amanecer. Mientras desde allí mi mente iba y volvía y me preguntaba, qué misteriosos secretos, se esconden en aquella distante cordillera, en ese oriental y lejano horizonte.

Buscando aquella amiga reina y llevándola en el corazón, regreso a mi casa, recordando como el cielo incendiario de la naciente noche anterior y su collar de luces titilantes de los puertos del Magdalena, me despedía con esas preguntas sin respuesta, con esa soledad atiborrada de nostalgia. Allí pensaba sin dudarlo y sin temor a lo evidente, que el oriente que se dibujaba frente a mí, siempre me ha traído, excelsas enseñanzas y vivencias indelebles en el alma. El oriente, el más lejano incluso al que yo una vez acudí, aquel que se encuentra, tras océanos, desiertos, selvas y montañas, continentes, destruyendo todos los imposibles, siempre tendrá cabida en un alma que anhela sin duda volver. El oriente es cuna de bendiciones, aljibe de sonrisas y refugio de esperanzas.

Ya sumergido en la cotidianidad que es fiel compañera, esperando que el día pase con nostalgia, recordando los pensares que surgieron en ese mirador, y ya en el parque de mi pequeño poblado, donde el día se hacía insoportable copia de muchos anteriores que de seguro olvidaré, cuando quería salir pedaleando lo más pronto posible de allí, llega un mensaje de muy lejos, en donde ya no había necesidad del habitual desespero, y precisamente su opuesto aparece, rebosante de expectativas, llegando con tintes de aquel afán hermoso por que el tiempo cabalgue más rápido aún, para que me traiga ese día en el que se haga tangible lo que en aquella misiva de esperanza, se manifestaba.

No tarda una semana en llegar ella, que da visto bueno a nuestro encuentro. Aquella persona incierta, que respondía a muchas preguntas, poco antes inconclusas y de respuesta ilegible, en ese mirador. Sus increíbles ojos y un destellante blanco y marmolado color de tez, iluminaba, paralelo todo ello a su sonrisa. Aquella mujer de oriente, sí, del lejano oriente, a donde miraba con tristeza, pocos días antes, a causa de los ya distantes días en los que allí viví. Ella, de la tierra de Hong Kong, en la distante China a donde mi mente volaba y trataba de llegar, quería desde su bicicleta y con recuerdos de casi todos los paisajes existentes en sus alforjas, que yo la acompañase en una nueva travesía en donde con la casi imposible misión de ver un paisaje nuevo, se nos mostraba como misión.

Ella, quien ha estado en desiertos, nevados, grandes ciudades, bosques, valles, caminos, playas y selvas, me pedía un paisaje distinto a cualquiera de los que ya sus bellos ojos habían visto por tanto tiempo. No tardé en llegar, a Duitama, con escaso dinero y tiempo en mi equipaje, pero con demasiada voluntad por verla. Cuando por fin le encuentro, con sus amigos al borde del camino, me detengo y les saludo, mientras ella de aquellos se despide, ya emprendiendo viaje solos, poco después en ruta, haciendo y respondiendo una pregunta con cada giro de nuestros pedales, con cada metro avanzado, al unísono.

No podía ser más valorable ese momento, cruzando por Nobsa y llegando a Sogamoso, en un tedioso y plano andar, no divisaba nada del paisaje, solo quería ver sus ojos y escuchar su voz, que a veces se disfrazaba con un poco de viento. De esa manera y luego de un ascenso copioso que permitía una conversación más audible, aparece en el paisaje pintado un minúsculo poblado de nombre Tópaga, en donde su colonial e impactante iglesia, ataviada en madera y oro y las casas que orgullosas, lucen gala multicolor, que destrozaba el omnipresente verde del campo y el imponente azul celestial, nos ha dejado buena impresión, bajo el cobijo de pinos multiformes en el corazón de la plaza.

Al llegar, ella solo se suelta de la bicicleta y extiende sus brazos para abrazar a todo Tópaga, poco antes de que quisiera capturar con su lente, cada uno de los tintes del lugar. Había escuchado que los chinos a través de la historia, llevan en sus genes, la necesidad de meditación y bajo un pequeño sueño en un prado del parque, tomamos una siesta, para elevar el espíritu y espantar al cansancio, que quería ir con nosotros en el ascenso que restaba hasta Monguí. Los niños jugaban alegres mientras sus inocentes sonrisas, provocadas por nuestra meditación, disfrazada de siesta, adornaban aquella tarde dorada, como el altar de la iglesia del lugar.

Nos despedimos de Tópaga, por consejo de la noche que estaba anunciando su pronta llegada y retomamos el ascenso que patrocina la conversación que se detuvo por los colores de la anterior villa. De un momento a otro Monguí nos saluda, con la alegría de recibir a alguien que jamás había estado en sus tierras. Nos mostraba sus grandes edificios coloniales y republicanos, su gran templo de dos torres, levantado en roca de la alta montaña, intentando sin éxito mimetizarse en la plaza infinitamente empedrada.

El cielo se mostraba impecable, sin rastro de algodonada nube alguna y le daba paso a la noche que nos daría licencia para unas cervezas tan frías como el aire de ese lugar y luego el merecido descanso, que no daba espera. Se acaba la noche y desde el colorido balcón se divisaba el pueblo ya adornado por los rayos del astro rey, que lo hacían ver diferente, más vivo y lúcido, más grande y habitado. Los callejones y puentes se apreciaban mejor con las luces de la noche, pero la plaza y las inusuales edificaciones de cautivadora arquitectura de aquel ya lejano siglo XVII, mostraban a toda luz, todo su encanto.

Con las primeras horas de aquella mañana, se inicia la marcha en ascenso, con un lento caminar, por la empedrada senda, hasta el rocoso y extraño portal de La Gloria, mientras a espaldas un imponente paisaje, dejaba su timidez y empezaba a manifestarse, dejando ver a Duitama y otros poblados de la hermosa Boyacá. Dicho portal era como la entrada a otro mundo, un lugar en el que el avance se hace difícil, porque el aire pesa con cada metro escalado; Incluso antes de llegar a la roca del cofre ya pasando los 3000 metros, dos turistas francesas, sentadas, luciendo su frustración, ya estaban diciendo a su guía, que deseaban el regreso. Entiendo su condición y sentí pena por ellas, porque el paisaje que precedía a ese paraje, era simplemente espectacular.

las grandes montañas y peñas poco a poco aparecían al horizonte y se bañaban con enormes bosques de los Guaques o Frailejones, más altos que yo haya visto jamás, mientras comprendíamos, que por esos mismos caminos, los ancestros Muiscas, atravesaban estos parajes a paso bravío e inexorable, sin la fatiga que nos viste a los hombres actuales, para llegar a su destino, persiguiendo veloces venados cola blanca o simplemente, para hablar con sus amigos, tal vez los mismos Guaques que en ese momento veíamos, para desahogar sus pesadumbres. Habían muchos de más de dos metros y aquellos amigos siempre crecen un centímetro cada año. El camino se adorna cada vez más de milenarias huellas de la vida pasada, con bellos fósiles y rocas esculpidas por el incesante viento, que hablan de tiempos ya remotos.

Aquella senda que a veces se fundía y desaparecía con la naturaleza, mostraba Lupinos, Senecios y Pega Moscos de increíbles colores, frailejones de inverosímiles tonos plata, dorado y verde intenso, junto con pequeños conejos marrones que corrían afanosos, al escuchar nuestro paso, por entre la vegetación o entre los cojines de agua, más dulce y pura que haya probado, que a veces destilaba de mayores alturas, para llegar y permitirse calmar mi sed. Luego de tanto caminar, mi amiga y yo nos ataviamos de sonrisas al divisar el hermoso Valle de los Espejos, que con indescriptible semblante de un dorado omnipresente, nos saluda y hace que todo aquel esfuerzo, haya valido la pena. Ella eterniza cada instante con la lente y seguro, con su memoria, como yo.

Allí descansan cuerpos de agua que como hábiles pintores, reflejan el azul del cielo, los caprichosos contornos de las montañas adyacentes y la forma de las nubes. Aquellas pequeñas lagunas, no eran más que las lágrimas que la bella princesa muisca Ocetá ha derramado en tiempos inmemoriales, por la muerte de su amado soldado, en guerras de conquista, petrificándose en el horizonte, sentada, albergando a los cóndores y al viento. Queda allí su llanto como testigo de un amor imposible, que se ha perpetuado. Habían extrañas siluetas que asemejaban perfiles humanos, como si los hermanos mayores Muiscas, se negasen a irse, a pesar de los siglos y junto a ellas, un montón de piedras, puestas allí por las visitas a este lindo paraje, conocida como la torre de los deseos. Tal vez algo copiado de las alturas tibetanas y las tierras orientales de China, de donde venía aquella hermosa ciclista viajera y ahora caminante compañera, con quien al poner las dos piedras al tiempo, pedimos cada uno, nuestro propio deseo.

Cruzamos por los callejones de la ciudad de piedra, refugio de los antiguos pobladores, formados por la prodigiosa mano de la naturaleza, con altas rocas como edificios y profundas y angostas cuevas, a donde el sol no le gustaba entrar. La música del viento nos alegraba el alma y nos hacía la inmensidad del paisaje, sentir minúsculos, aún más que en Iguaque tiempo atrás, cuando ascendía a su cima, pero esta era a gran escala y aún más pequeño me sentía. Los bosques de frailejón, entre la montaña, se perdían en la distancia y atravesarles, era como estar en un mundo nunca antes visitado. Era más que placentera esa sensación.

Llegar a la cima para alimentarnos con tal belleza infinita, montañas grandiosas coronadas por el sol y la grandeza, en donde al fondo veíamos piramidales rocas y el nevado del Cocuy que tímido salía, lejano entre la nubosidad en la distancia; a nuestros pies, a unos cuantos kilómetros, la Laguna Negra, ya en Mongua, otro poblado que compartía su nombre con el antiguo pueblo aborigen que allí habitaba. En esa cima de altura decepcionante para mi amiga, pues no besábamos los 4000 metros, pudimos tener un digno y maravilloso punto de regreso, donde cualquier dirección nos sorprende con su vista y el viento se empeñaba en llevarnos con el.

Tomábamos el alimento, mientras el alma también cenaba y ya viendo el sol a una hora tardía, le dije a mi amiga ya no en un inglés que comenzaba a odiar por su monotonía, sino en su idioma: 时间不早了, 我们该走了, se hace tarde, debemos irnos y con su aprobación y sorpresa, comenzamos a descender aquellas latitudes inmensas e inimaginables. La Piedra de la Tórtola, donde las bellas mujeres Muiscas, parían a sus hijas e hijos, nos anuncia después de varias horas de camino, que la Villa de Monguí, ya estaba cerca y su arco de entrada, por una calle escalonada, nos recibía.

Allí me daba cuenta, cuán rápido pasaba el tiempo, donde no hace mucho cuestionaba mi soledad y me preguntaba sobre lo que albergaba ese horizonte lejano, sentado en ese altar de la Virgen de Sucre, a decenas de kilómetros de allí, un horizonte por donde ya con ella caminaba, haciendo de lado aunque fuese por un breve instante a la siempre presente soledad. No podría ser más cierto, ya anhelando en ese entonces la lejana tierra de China y es así como viene ella, desde allí, me alegra con su mirada, su sonrisa, su presencia, que bastaba para una vez más comprender, que la vida me estaba confirmando que el pensamiento y lo que se evoca, más pronto que tarde se hace realidad y viendo hacia el occidente, desde las alturas de Ocetá, buscaba con la mente, aquel altar, donde días antes, quería que todo esto que acababa de ocurrir, se hiciera realidad.
Nobsa Boyacá
Asenso a Tópaga
Para Tópaga
Tópaga Boyacá
Bella Tópaga
Tópaga Colonial
Llegando a Mongüi
Mongüi Boyacá
Mongüí
Portal De La Gloria
El cofre
Bosque de Frailejones
Fósiles
3800 m
El Peñón
Lágrimas de Ocetá
Cañón
Ciudad de Piedra
Cueva de la ciudad perdida
2850 m
Laguna Negra y Cima
Camino de regreso
La Tórtola, Nacimiento de bebés indígenas

3 Opinie

  • Zdjęcie H. Díaz.

    H. Díaz. 2017-04-17

    ALA. INVITE A ESTOS PASEITOS.

  • Zdjęcie Oscar Upegui

    Oscar Upegui 2018-09-14

    Una ruta sencillamente espectacular y que manera de redactar compañero, da gusto leer su crónica y ni hablar de ese excelente registro fotográfico, Felicitaciones Amigo mio por compartir este buen trazado, que sin duda vale la pena recorrer, por esa montaña mágica.

  • Zdjęcie DXMARIUS

    DXMARIUS 2018-09-14

    Muchas gracias amigo Óscar fueron días muy agradables junto a esa compañía y ese lugar es mágico sencillamente entonces ¿Cómo no inspirarse? Dicen que el páramo de Ocetá, Es uno de los más bonitos del mundo

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